Los Anticristos


Hijo de dios.

En aquellos días cuando la magia abundaba sobre nuestras tierras, el dios creador y formador del universo lloró eternamente por el sacrificio que hizo de su único hijo para salvar a todos los hombres.

Por interminables días no paraba de llover como señal de la tristeza de nuestro dios; los ríos desbordaban inundando las comarcas, los establos, los sembradíos; las plantas como muchos animales se ahogaron, los pájaros dejaron de cantar y abrieron sus alas para proteger a sus pichones. Las madres dejaron de parir, los campesinos dejaron de sembrar, los niños dejaron de jugar. El señor dios del universo quería ver en nuestros rostros la melancolía que él sentía, no quería destruirnos, pero tampoco quería que olvidáramos el sacrificio que hizo por nosotros. Solo los cazadores salían a buscar el fuego originado por los rayos que quemaban las copas de los árboles, y los pocos animales que se dejaban ver. Con el riesgo de no ser presa de un jaguar, un puma o un lobo, o un infame alud. 

No había dios o ser que consolara infinito pesar. Quién sacrificaría su hijo, su único hijo. Quién sería capaz de tan cruel decisión. Quién tendría el valor de verlo morir, de verlo agonizar, de verlo gritar mientras se quema en las llamas sagradas del Cielo. Podrían pensar que fue una locura, que solo alguien sin corazón o con escasa cordura puede siquiera pensar en la muerte de un hijo, mucho menos matarlo él mismo. Pero así fue, era necesario que él muriera para que la creación no se perdiera, y el amor con que se hizo valiera el esfuerzo de los dioses.

Eusoj Leunamme fue el único hijo engendrado por el dios creador y formador del universo. Los hermanos del creador, hijos del destino, se alegraron y cantaron en su nacimiento; aún se conservan relatos muy antiguos que dicen que los cielos brillaban de una luz fascinante como si no hubiera noche, se oían cantos y júbilo en todas las regiones del universo. Las plantas y los animales reían y bailaban, mientras los demonios se ocultaban. Todo parecía perfecto, el paraíso prometido, en donde los leones y las gacelas comían del mismo arbusto, en donde el tiburón nadaba junto al delfín, en donde no había oscuridad, ni muerte, pero...

Nadie quería que terminaran las celebraciones y la alegría, así como nadie esperaba que Eusoj Leunamme naciera diferente, con un corazón obscuro. Desde chico parecía indiferente a las enseñanzas de sus hermanos mayores y a los consejos de su padre; le gustaba divertirse con los hombres, así como un niño malcriado patea a un perro; les infundía rencor, envidia, egoísmo, lujuria, gula,... enfrentaba sus espíritus, y reía al verlos pelear. Y aunque su padre y nuestro padre se lo permitía, sí lo reprendía. Él sabía que algo no estaba bien, no era sana ni normal su diversión. Le explicaba, le enseñaba, le mostraba, pero el otro solo agachaba la cabeza haciendo gestos de niño consentido, pero, era su hijo. Sus hermanos los dioses se acercaban al niño para persuadirlo que la creación requería su amor, no su odio, pero ninguno se atrevía a enfrentar al creador y formador para decirle lo que se esperaba. ¿A qué padre le gusta que le reprendan o critiquen a su hijo? Los dioses se alejaron y se esforzaban por reconstruir las fechorías del hijo del creador, era inútil convencer al heredero como a su padre. El dios de dioses se ocultó en su vergüenza, como mal padre quiso ignorar el problema, no escuchaba el pesar ajeno, se alejó y fue entonces que la creación estuvo a punto de desaparecer. El Sol dejó de alumbrar, y la nieve cubrió todos los extremos de la Tierra. Los hombres pelearon entre ellos hasta casi aniquilarse, a él le fascinaba la guerra, engañó su corazón para hacerlos enemigos. Abusando de su poder, el hijo de dios bajaba a la Tierra en forma de hombre y violaba a nuestras hijas y esposas. De allí nacieron los medios hombres, que todavía quedan rastros de ellos. Fue entonces que los hijos de hombre clamaron al señor del universo. Muchos se inmolaron en lo alto de los cerros para que él alcanzara a ver su súplica. Y otros más osados, encabezados por el valiente y sabio Natás Reficul retaron a Eusoj Leunamme a una pelea a muerte por la existencia de la humanidad y la salvación del mundo. Ante la inevitable destrucción de la humanidad, se revelaron en contra de la divinidad, era su dignidad o el capricho de un dios sin sentimientos, sin el menor gesto de dolor o arrepentimiento. ¿Quién puede contra un dios? Nadie, pero no había otra opción que el orgullo o la resignación. Muchos se resignaron y criticaron al valiente Natás Reficul, pues debía tener fe y someterse a los designios divinos, aunque eso fuera la aniquilación de los hombres y la creación. Si ellos nos dieron la vida, ellos tenían todo el derecho de quitárnosla. Natás Reficul rechazó esa idea, decía con insolencia: si no pedí nacer, tampoco pedí morir. Si se nos dio el derecho de la vida, también tenemos el derecho de la muerte. Los dioses desconcertados ante semejante blasfemia justificada, exigieron al creador y formador contener a su hijo: ¡Tu hijo es una abominación que va en contra de la santidad de nuestro destino! Debes sacrificarlo por el bien de todos, le dijeron. ¡Pero es mi hijo! ¿Qué padre puede pensar en su hijo muerto? ¡Mucho menos matarlo uno mismo! Lo dijo llorando y con gran estruendo, que los cielos tronaron como un rugido de jaguar. Su corazón sufrió, parte de él murió; con un nudo en la garganta y lágrimas en sus ojos aceptó que la maldad habitaba en el corazón de su hijo, y si no lo detenía, acabaría con toda la creación, que con gran esfuerzo y amor hicieron él y los otros dioses. El dolor en su corazón era innombrable como su nombre, pero solo a él le pertenece la justicia. En tanto, con una sonrisa malvada e irónica Eusoj Leunamme levantó su dedo de la muerte en contra de Natás Reficul, y a punto de darle muerte, el creador y formador lo detuvo. Tomó a su hijo y lo encerró en los infiernos esperando purgara su maldad. Sin embargo en su infinita sabiduría y conocimiento, sabía que eso no cambiaría a su hijo. Así era él, así nació. Cambiar su corazón por otro, era algo que puede hacer en su infinito poder, pero ese ya no sería su hijo, sería otro, abusando de su poder divino y engañándose a sí mismo y a los demás.

En ese tiempo la paz regresó a la Tierra, Natás Reficul fue visto por unos como un hombre valiente y santo, y por otros como un hereje apóstata, pero gracias a su osadía los dioses actuaron, actuaron en tiempo aunque nadie lo sabía.

Los dioses tomaron al hijo del creador y formador, que entre amenazas y burlas les decía que se arrepentirían, que pagarían muy caro haberle detenido, que la humanidad los traicionaría, desobedecería, olvidaría, y tomarían el lugar de los dioses. Reconoció su sadismo, pero enojado afirmó que la humanidad era mucho peor. Lo amarraron en un poste en donde su padre le prendió fuego. Fue insoportable verlo morir, fue insoportable su dolor, pero fue lo correcto, fue lo mejor.  Qué padre o madre le gusta reconocer que su hijo es malvado, qué padre siquiera piensa en su hijo muerto, qué padre decide la muerte de su hijo y prende la mecha. Solo un padre responsable, nuestro dios.

Fue así que durante su duelo los cielos cayeron, inundaron los valles, desbordaron los ríos, solo en las copas de las montañas era posible refugiarse. Pero pasados cuarenta días cesó la lluvia y apareció el arcoíris, como señal del nuevo pacto con dios con los hombres, no por el amor a un hijo, por amor a la verdad.  


Hijo de hombre

            Hace muchos otoños un buen hombre tuvo varios hijos e hijas, era un artesano dedicado y devoto del nuevo pacto con dios. Buen padre que educó a sus hijos en diversas artes, los enseñó a cazar, a sembrar, a pescar, la herrería, y a orar al creador y formador. No mentía, no engañaba, no hurtaba, era fiel a los mandamientos de dios y su nuevo pacto, y lo mismo quiso inculcar en sus hijos como su padre y madre lo hicieron con él.

            Todos crecieron en paz y fueron formando sus caminos, pero uno, que así como tiembla la tierra de manera inesperada, el menor de sus hijos nació sin temor de dios, y fue hasta que le cambió la voz que su buen padre se percató de ese menoscabo. Comenzó a rebelarse, a cuestionar los mandatos y consejos de sus padres y sus mayores. Se entregó a los vicios y las mujeres, al hurto, al engaño, y las malas artes. No escuchaba razones y no le importaba el castigo de los dioses. El buen señor oraba y suplicaba para que su corazón cambiara, lo reprendía, lo castigaba, pero ese mal era tan voraz como una plaga de langostas.

            Pidió ayuda a los ancianos, a los sacerdotes y a los curanderos, pero ninguno pudo solucionarle según sus facultades. El muchacho tocó fondo al empezar a asesinar, primero a sus enemigos, luego a quien le caía mal, y por último por gusto. Y solo el dios creador y formador es quien quita la vida, cayendo en un pecado mortal a los ojos del pueblo. Pero huyó sabiendo que estaba condenado a muerte, huyó a lo más profundo del bosque en donde las bestias y demonios abundan y pocos temerarios se animan a entrar.

            El buen hombre avergonzado en lo más profundo de su ser, quería culpar a los dioses, quería culparse a sí mismo, pero sabía que hay personas que nacen sin piernas, sin brazos, o hasta muertos, su hijo nació sin bondad en su corazón.

Antes de huir el benjamín, le dijo en dónde se ocultaría para que éste lo proveyera de alimentos e insumos, algo que hizo durante varias semanas, pero su conciencia no le permitía dormir tranquilo. Como buen devoto y haciendo pucheros meditó en el sacrificio del creador y formador, a él, a dios mismo le pasó, cuanto más a un simple mortal. Hay cosas que ni los dioses pueden predecir ni tienen derecho en manipular, solo resignarse ante el destino y la ley del universo. Dios mismo nos puso el ejemplo, dios mismo sufrió el peor de los dolores, porque no hay peor dolor que la muerte de un hijo, y más si un padre tiene que decidirla, preferiría morir uno antes, pero sería ser hipócrita y tan malvado como el mismo hijo al ser cómplice de sus delitos y asesinatos, y deshonrar el sacrificio y nuevo pacto de dios. ¿Cómo vivir con todo el mal que hizo su hijo, con los robos, los vicios, las mentiras, los homicidios, y seguir viendo a la cara a todos los afectados, él, devoto de dios? Así como el creador y formador, estaba el honor en reconocer la maldad de su hijo, y su deber de castigarlo por el bien de la comunidad. De esa forma, con un gran suspiro y con un gran dolor sobre su pecho, lo entregó. Lloró y lloró, pero el padre de los dioses lo fortaleció por hacer lo correcto por encima de su propia sangre y su egoísmo. Su hijo no se arrepintió de sus acciones, pero sí de fallarle a su padre, que no dejaba de gritar su perdón. Fue amarrado al poste en donde le prendieron fuego como lo indica la Ley, a quien quita la vida sin aprobación de dios. Y así como dios aceptó la maldad de su hijo y el sacrificio que tuvo que hacer para salvar a todos los hombres, de esa misma forma el buen hombre sacrificó a su hijo en favor de su comunidad.

FIN.

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